Comenzamos oficialmente el invierno hace ya algunos días y desde la ventana de la sala soy testigo una vez mas de los cambios de color primero y de la caída de las hojas de los árboles después.
Agrupados en pequeños sotobosques los árboles se alinean a lo largo de la senda verde, entre Oviedo y Soto de Ribera. Más allá el Aramo también es testigo de este dubitativo invierno que nos deja exiguas sus nevadas laderas, haciéndonos guardar de nuevo los esquís, para a continuación y por sorpresa recargarlas de nuevo conforme los termómetros bajan a valores desagradables.
Entre esta idílica estampa invernal se intercalan a un lado la autopista y el ferrocarril de Oviedo y al fondo las chimeneas humeantes de Soto de Ribera.
Además junto a mi casa llevan tiempo acabando un nuevo edificio. Su grúa es de color rojo y está oxidada, parece ser una horrible escultura de elogio a los envites de la crisis económica. A su lado, en la última parcela que quedaba libre en la zona acaban de alzar una nueva grúa verde. Su posición, entre el Aramo y yo, me hace escudriñar desconfiado el resto del paisaje…, y descubro una nueva grúa de color amarillo que estaba algo camuflada entre los árboles de más abajo. Recapacito sobre la crisis, la construcción y los análisis que machaconamente han hecho de ellos la prensa y televisión, los gobiernos y los bancos y cuando estoy llegando a la conclusión de que no entiendo nada, el paisaje se diluye de nuevo tras una cortina gris cargada de agua.
El frío y el mal tiempo han tomado de nuevo las riendas del paisaje. En estas condiciones todos los animales desde nuestras guaridas buscamos con anhelo las ventanas de buen tiempo que nos permitan satisfacer nuestra primitiva necesidad de sol y naturaleza. Entretanto, el café se me escapa de la cafetera chisporroteando toda la encimera y obligándome a camuflar su sabor requemado con unas gotas de orujo.
Todas estas contradicciones y contrariedades se añaden a una larga lista que me alejan del pensamiento que: la vida es bella y me acercan al de: la vida es dura. Lo es incluso para los mas agraciados.
No obstante no me considero un pesimista. Al contrario, intento buscar siempre la belleza en lo cotidiano y disfrutar en el camino y no cuando llego al final. Es mas, muchas veces comienzo el camino sin saber cual es la meta, con el único aliciente de explorar, conocer, disfrutar y, tal vez, compartir.
Mi larga lesión de espalda ha hecho que este año no haya intentado correr, ahora sólo deslizo sobre distintos artilugios de ruedas y patines…También disfruto las sesiones de tablón, aunque me hacen rechinar los tendones de los hombros y me obliguen a encintar los dedos para que el entretenimiento con las presas de resina no compense al dolor que me producen en los callos. Sin embargo, tengo que reconocer que ni la resina ni la escalada en roca me llenan. Son sólo agradables entretenimientos. Sólo la vertiente inhóspita de las montañas en invierno despierta mi lado más salvaje.
Esperando esa oportunidad escudriño desde mi guarida la llegada del invierno.
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Coyote en el Friero |