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Salida de la doble curva en descenso. |
Cada
año, desde hace ya cinco, me levanto por estas fechas un domingo temprano para
estar en la carrera de esquí de fondo en Vegarada. Una cita obligada salvo
fuerza mayor, como pasó el año pasado que me dolía tanto mi artrosis de cadera
que no era capaz de caminar.
La cita
es una cita con mi memoria y mis primeros pasos por la montaña.
Recuerdo de
crío una acampada en Tolivia de Arriba, en el pinar que se sitúa enfrente al
pico Bodón. No teníamos más de doce o trece años cuando mientras nos preparábamos
para el sueño, Abruña nos contaba la tenebrosa historia de la Vieja de la Cueva
de Lendreras, que por las noches se aparecía por la zona rodeada de lobos.
Nadie después se atrevía a salir de la tienda de Ovalle para ir a mear. A la
mañana siguiente, dispuesto a iniciarme en la ascensión de Montañas, bajé hasta
la carretera con Josa para coger la arista rocosa que subía al Bodón. La
historia parecía fácil porque desde nuestra perspectiva se adivinaba no muy
lejos una cumbre rocosa que presumíamos era la cumbre. Después de una penosa y
larga trepada al llegar a la supuesta cumbre, una nueva perspectiva situaba la
cumbre en el siguiente resalte. Así nos pasó hasta cinco veces, cuando al final
de nuestra ascensión no había un punto más alto a nuestro alrededor.
Esos
recuerdos permanecieron siempre vivos en mi memoria, pero geográficamente no
era capaz de situarlos con precisión.
El río Curueño nace en la vertiente sur
de la Cordillera Cantábrica encima mismo del Puerto Vegarada, de las vallejas y
cárcavas que los Picos Faro, Huevo Faro, Fuentes, Toneo, Agujas y algunos otros
dibujan en las laderas que rápidamente pierden pendiente hasta dar un fondo de
valle plano y amable por el que las aguas se agrupan dando un cauce mayor.
Ahora el agua fría y cristalina serpentea entre cantos rodados y lodos que
alimentan a las truchas con más suerte de la región. Valle abajo van
apareciendo recios pueblos de la montaña de León como Redipuertas, Cerulleda o
Lugueros, después el río se encaja en las Hoces de Valdeteja hasta que más allá
vuelve a transcurrir sin más sobresaltos en la Vecilla camino de León en el que
sus aguas bajan hacia el Sur jalonadas por los cauces del Torío y el Porma.
Todos
estos años he ido acumulando recuerdos en distintos rincones de estos valles,
escaladas, ascensiones y travesías con los esquís que han ido curtiendo mis
maltrechos huesos.
Pienso que las personas sin memoria son personas sin vida o
con la vida por vivir.
En cierta forma pienso que cuando somos jóvenes tenemos
un baúl de proyectos de futuro e intenciones y conforme crecemos y cumplimos
nuestros anhelos, la memoria reemplaza sueños por recuerdos…
Tal vez cuando nos
muramos en nuestra conciencia sólo se alberguen
ya recuerdos… o tal vez pesen aún más aquellos sueños que un día
imaginamos.
Estos
pensamientos me persiguen siempre que, con el coche, pongo rumbo aguas arriba del
Curueño y en la música suena Loquillo y Calamaro; Música y paisaje me emocionan y las letras de las canciones, ya casi
aprendidas, me invitan al Karaoke.
Este
año he llegado temprano, me recibe un día primaveral, sin una nube alrededor y
un frío viento de levante. Comienza el ritual, pongo el dorsal con dificultad
porque los imperdibles son pequeños para mis dedos amorcillados, encinto las
manos para evitar las ampollas de empujarme con los bastones de los esquíes de
fondo, calzo los botines y caliento dando una vuelta al circuito de unos 4km.
Una suave subida inicial deja paso a un descenso en recto fácil que te impulsa
hacia la temida cuesta. En ella hay que dosificar para que el corazón no salga
por la boca antes de acabarla deslizando los esquíes hacia los lados moviendo
las caderas cual zumbonas caribeñas.
Curva a la derecha y suaviza la pendiente, ya se le puede dar ritmo, otra
pequeña cuesta de ladeo con el peralte al revés para iniciar un descenso de
doble curva en el que puedes salir por la tangente. Después el circuito se
alarga con más rectas, curvas, subidas y bajadas pero de poca dificultad
técnica y poca exigencia física.
Este
año a pesar de que son cuatro las vueltas que hay que dar yo me rebelo al
acabar la tercera, porque hasta ahí disfruté. Después de una parada obligada
para poder doblar a un corredor en mitad de la cuesta fuerte y una caída en la salida
de la doble curva, para evitar salirme por la tangente, pienso que ya está todo
el pescado vendido. Tengo que cuidar la junta la trócola.
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El pico Bodón. |
Me despido de mis amigos y
regreso a Oviedo.
Feliz como siempre.
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Salida de este año (2014) |
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Todas las fotos son cortesía del amigo Jesús Bárcena