De niña le pillo la guerra. De niña le tocó aprender rápido lo que costaba llevarse a la boca un trozo de pan. Coger un barco camino a un campo en el sur de Francia para luego retornar a Oviedo y Candás.
De niña también le toco ver morir a su madre y ser cuidada por su Abuela, la del estanco de la Argañosa. Así que no lo tuvo fácil. Pero, a pesar de todo, estudió lo suficiente como para empezar a trabajar a una edad muy temprana, para ser una señorita en la naciente administración pública de la Seguridad Social. Pronto, también aprendió que a pesar de estar cualificada su condición de mujer la relegaba a auxiliar porque en aquella época sólo promocionaban los hombres y si venías de la división azul, no tenías ni que tener el graduado escolar.
Pero eso le afectó lo justo. Hizo su viaje de luna de miel a París a lomos de la moto de Pepe. Luego vinieron las niñas. Primero Rosana y ocho años más tarde Silvia. La afición de Pepe a la pesca les llevo a hacerse amigos de Ángel el pastor de Tielve y también de Pepe el Cura. Ángel, les vendería el trozo de prao en el que hicieron una cabaña para pescar y las crías. Pepe un día se fue, demasiado pronto. Su corazón era débil. Pero no el de Chiti.
El corazón de Chiti estaba forjado del coraje de los huérfanos, de las guerras y las postguerras, del machismo y del hambre. No sólo del hambre de comer, del hambre de conocer, del hambre de crecer, del hambre de ser mujer, y del hambre de ser madre.
Así que siempre cuidó de su prole; también de Julia: su nieta; y nunca le tuvo miedo a nada.
Aquella cabaña fue nuestro refugio y nuestro lugar de encuentro. Donde crecimos y donde aprendimos a respetar la montaña. A mirarla desde abajo hacia arriba.
Disfrutó de la vida con plenitud, desde el minuto cero hasta que se fue hoy a las siete de la mañana, a los 92. Tuvo amigos. Viajo todo lo que pudo y mientras pudo. Luego siguió leyendo y jugando al parchís, casi siempre ganaba porque cuando comía, de la que contaba veinte, te comía la otra que te quedaba en el tablero.
Y siempre tuvo el respeto de todos las que la conocimos. Porque sabíamos quién era…, todo lo que representaba, y la poca necesidad que tenía de contarlo. Se vino como marchó, sin estorbar a nadie y sin hacer ruido.
Ahora, cuando le costaba tirar por lo suyo, y le intentabas picar para que fuera “más activa”, siempre te contestaba lo mismo: “Brojinos, yo ya trabajé bastante”.
DEP